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martes, 3 de septiembre de 2013

Ya son 35...


Hace ya un par de semanas que cumplí año pero no quería dejar de escribir una nota para así no olvidar ese día. Semanas antes mi esposo se ofreció a hacerme una fiesta. Al principio estaba entusiasmada con la idea pero cuando me puse a calcular el trabajo que implicaba una fiesta y lo poco que realmente la iba disfrutar (sí, reconozco mi pesimismo), cambie de parecer y decidí no hacer nada. Total, lo que más me interesaba era abrirle la piscina inflable a las niñas y verlas disfrutar la tarde, estar con ellas, con mi familia. 

Qué quieres hacer hoy?, preguntó mi esposo llegado el día. Le dije que quería comprar un bizcocho y unos cuantos globos para tomarme fotos con las niñas. Es que para mi hija mayor, si  no hay globos, no hay "happy birthday". Fuimos los tres: ella eligió los colores de los globos y yo un tiramisú. En el carro ella preguntó que a qué hora era la fiesta. Le dije repetidas veces que no habría fiesta, que íbamos a cantar cumpleaños feliz y bañarnos en la piscina. Que tal vez su primita nos acompañaría. Ella no entendía la idea de cumplir años y no celebrar:  "Mami, pero, porqué no quieres una fiesta? Yo quiero un happy birthday!"Al final ella aceptó y al llegar a casa y ver la piscina lo olvidó. 

Mientras Lucia dormía, Stella y yo jugamos en la piscina. Nadie iría a visitarme y pocos me habían llamado; no hago mi cumpleaños visible en Facebook así que tampoco recibí muchas felicitaciones, salvo de los pocos que se acordaron de la fecha. Nada de esto importaba. Cuando al fin Lucia despertó y nos acompaño, pensé que mi día era perfecto, que nada se comparaba con ese momento. Sin embargo, de repente sentí tristeza, un vacío, por llamarlo de alguna manera porque ni siquiera sabría explicarlo. Mis hermanos no vendrían y uno de ellos ni siquiera me había llamado. Pero unos treinta o cuarenta minutos después llegó el primero con una caja de chocolates y confesó que no me había llamado porque quería darme una sorpresa; luego llegó el segundo, también con su familia (y un flan hecho por su esposa). Entonces sí me sentí completa.  

Este año no quise pensar en las cosas que he hecho o no hasta ahora, quería estar presente, vivir el día, tomarme fotos, tener un recuerdo con mi familia... y así fue. Al día siguiente aun sonreía al pensar en mi familia y lo afortunada que soy por tenerlos. 

viernes, 8 de mayo de 2009

Final de la maestría

Acabo de llegar a casa con los zapatos hecho pozos de agua, completamente empapada y feliz como hace mucho no lo he estado. Antes del inesperado aguacero la noche estuvo divina. Hoy fue la lectura de fin de año de la maestría. Es decir, nosotros, los graduandos, leímos nuestros textos en el King Juan Carlos Center. Escuchando a mis compañeros sentí nostalgia del primer semestre, del momento en que escuché algunos de esos textos por primera vez. Ahora que escribo estas líneas me rió a solas de la alegría de haber sido parte de algo tan especial, por haber conocido tanta gente linda y de tanto talento, por saber que el resto de mi vida llevaré el recuerdo de esta noche. Tal vez no haya sido gran cosa para algunos pero, para mí, que sé que cuando despierte mañana deberé enfrentarme con la rutina y el desafío de mantener un lenguaje que se me escapa de las manos, esta noche, las fotos y risas que compartimos las llevaré por mucho tiempo.

Tan buena estuvo la noche que seguridad tuvo que mandarnos a salir. Del primer bar salimos enseguida por la música, en el segundo no entramos porque no todos teníamos identificación. Terminamos en un bar belga cuya especialidad, claro está, es cerveza belga. Allí me preguntaba cómo era posible que en todo el semestre no nos habíamos reunido el grupo completo, ¿porqué siempre se dan estas cosas al final, cuando se hace casi imposible hacer nada al respecto?

Al salir del tren caía tremendo aguacero. No cargaba paraguas así que no quedó más remedio que correr. Mientras corría me reía del agua que llevaba en los zapatos, de la gripe con la que sin duda amanecería al día siguiente. Corría porque no quería dañar mi cámara o enfermarme pero en verdad me hubiese gustado seguir bajo el agua, ya que no recuerdo otro momento en que haya sido tan feliz.

viernes, 24 de octubre de 2008

Desde la Prince

Camino sin saber en búsqueda de qué. En las manos la Nikon y un lente que me permite no tener que acercarme demasiado. Distancia. ¿Será que le temo a las preguntas, a las miradas molestas? No me agrada entrometerme sin pasar desapercibida. Por ello me detengo, observo, trato de grabar en mi memoria algunos ojos o acción mientras dejo para la cámara los edificios, las ventanas por las cuales imagino historias, colores y sombras que provoquen un pensamiento, alguna inquietud. Me fijo en las pequeñas cosas, aquellas que en general pasan inadvertidas, la pintura descascarada de las paredes, el óxido que grita olvido, la serie de columnas que visten las grandes ventanas de edificios donde en algún momento se cosían pantalones o sombreros, como los que hacía mi madre en una de las tantas factorías del antiguo Village. Allí, una tras otra mujeres con sus delantales sobaban y sobaban telas ante las viejas máquinas Singer, alumbradas por luces fluorescentes sin saber la hora del día, con la espalda cansada y pensando en el hijo que otra lleva a la escuela, en la hija a la que anhela proporcionar mejor destino. El recuerdo me llega como algo ajeno y la imagen me entristece al recordar que en ese momento aquello era para mí tan sólo el trabajo de mi madre. Un trabajo y nada más. Sin embargo ahora, más de veinte años después comprendo los cimientos que ella sembraba, su afán por salir temprano y el corre-corre que llevaba siempre. Ahora que tras las mismas ventanas viven gente tal vez no tan sencilla en lofts que hace mucho perdieron rastro alguno de sus orígenes, mientras paseo con ligereza por la calle Prince, sin prisa durante el almuerzo de un trabajo que a pesar de ser en la misma área donde hace treinta años laboraba mi madre pero, en oficina de luz natural y sin ponchar tarjeta, logro comprender lo que sucedía tras estos edificios, tras estas paredes pintadas de colores pastel, impecablemente limpias. Ahora comprendo las ausencias, la diferencia que mi madre forjaba para mí y que hoy puedo captar no sólo con mi cámara.

domingo, 10 de diciembre de 2006

"Trabajo es trabajo"

Hace unos días alguien me decía, “trabajo es trabajo”. Tuve que cambiar el tema porque según mi amigo, uno no debería hablar del trabajo cuando está fuera de el. Bueno, quizás para él el trabajo no sea mas que eso, trabajo, pero para mi hay mucho más en este afán o necesidad de trabajar. Todos mis trabajos me han llevado a algún lugar, me han enseñado o abierto los ojos a nuevas posibilidades y, lo más importante, por ellos he llegado a conocer personas que de una u otra forma me han marcado o influenciado de alguna manera.

Todos debemos trabajar en algún momento, algunos a temprana edad, otros un poco más tarde, muchos por necesidad u obligación y otros más afortunados por simple gusto. En cuanto terminé el bachillerato decidí que quería trabajar. Mi madre se opuso ya que, según ella, los trabajos interfieren con los estudios y ella temía que me enamorara del dinero y dejara el estudio por un cheque quincenal. Ese diciembre, a mis dieciséis, me lancé a las calles a preguntar en tiendas si necesitaban ayuda para la temporada navideña. Nunca había trabajado así que no contaba con experiencia alguna por lo cual se me hizo muy difícil encontrar empleo. Conseguí trabajo envolviendo regalos en una tienda de Santiago, Almacenes El Encanto. Por dos semanas envolví platos, camisas, accesorios, juguetes y, hasta chocolates. Fue una experiencia horrible a la cual le debo una gripe que no me permitió cenar con mi familia en noche buena y mis dotes para envolver regalos (me encanta hacerlo y no lo hago nada mal). Desde entonces dije que jamás tomaría un trabajo temporal, mucho menos en tiempos de navidad. Trabajé de ocho de la mañana hasta casi las nueve de la noche todos los días. Mi madre pensó que no sobreviviría y le daba mucha pena conmigo cada noche que pasaba a buscarme. Pero, terca y orgullosa al fin, no le daba la razón y a todos les hacía entender que era lo suficientemente fuerte como para aguantar tantas horas de trabajo. Con la llegada del año nuevo se terminó mi primera experiencia laboral y me dediqué a estudiar.

Siempre quise ser autosuficiente e independiente; es por ello que durante mis primeros semestres en la universidad nuevamente sentí la necesidad de trabajar. No soportaba pedirles dinero a mis padres para libros, ropa y otras cosas. Cuando supe la noticia de que abrirían una sucursal de los Supermercados Nacional en Santiago inmediatamente llené una solicitud. Comencé como cajera del supermercado pero poco tiempo después me trasladaron a la librería que era donde yo realmente quería estar. Fue sin duda una de las mejores experiencias, el trabajo que más he disfrutado y del cual tengo muchos lindos recuerdos. En el Nacional fue donde conocí a Luisa, una de mis mejores amigas y madre de uno de mis ahijados (aunque aún no hemos bautizado a Carlos José). Uno de los recuerdos que más me hace sonreír es la fascinación que tenía por el encargado de cajas. Luís pasaba todos los días por cada cajera para verificar que tenían cambio suficiente. Cada vez que se acercaba la hora, me ponía nerviosa con pensar que Luís estaría frente a mi. Muchos sabían lo que sentía por él (por cierto, él tenía novia) ya que era bastante obvio. Apenas lo tenía cerca y sin querer me ruborizaba. El mismo Luís lo notaba y me hacía sentir peor ya que no sólo pasaba a preguntarme si necesitaba cambio sino que preguntaba cómo estaba y me sonreía, como para ver mi reacción y disfrutar de mis nervios cuando titubeaba al hablarle. Realmente era vergonzoso ya que llegué al punto en que hasta las rodillas me temblaban y me convertía en una inútil cuando estaba cerca. En esto me pasé más de un año, esperando los momentos en que Luís pasara por mi caja y conversara conmigo. Nunca pasó nada, fue una relación platónica, el encantamiento de una niña que todavía soñaba con príncipes azules. El amor habría de llegar mucho después. Cuando decidí dejar la librería para trabajar en una oficina de abogados todavía soñaba con Luís; lo habían trasladado a otra tienda pero de vez en cuando pasaba por la librería a saludarme. Yo igualmente le devolvía la visita al pasar por la juguetería dizque a ver la nueva mercancía.

La decisión de buscar trabajo en una oficina legal fue por el hecho de que estaba estudiando derecho. De no ser por eso me hubiese quedado en la librería donde tenía tiempo de leer cuantos libros quisiera y donde realmente era feliz. A veces me pregunto que hubiera sido de mi vida si me hubiese quedado en la librería pero, en ese entonces estaba convencida de que si estaba estudiando derecho lo correcto era estar rodeada de abogados, de envolverme en ese mundo para no ser una extraña en él al momento de graduarme. Estuve de recepcionista, trabajando de ocho de la mañana a seis de la tarde para luego ir a la universidad hasta las diez, de lunes a viernes. No fue fácil; mis notas bajaron y no pude rendir tanto como cuando trabajaba en la librería. Mi madre se oponía a que trabajara en el bufete pero mi terquedad no me permitía hacer lo contrario. Fue mi primer y único trabajo como recepcionista. No sé como pero después de un par de semanas se me hizo fácil manejar las quince líneas de teléfono mientras atendía a quienes llegaban. Quizás el momento en que comencé a trabajar en la oficina no fue el ideal debido a mis estudios pero no me arrepiento ya que aprendí muchísimo y tuve la oportunidad de rodearme con gente de todos los niveles y, logrando aprender algo de todos, desde las chicas del departamento de contabilidad, a la secretaría administrativa, los mensajeros, los abogados, las chicas del departamento de procesamiento, de ingeniería e incluso, los clientes que llegaban a la oficina con sus propias historias. Luego me trasladaron al departamento de sociedades donde aprendí todo lo que sé sobre sociedades comerciales; al mismo tiempo asistía a una de las abogadas con los casos de préstamos y embargos. Fue una experiencia enriquecedora y en poco tiempo la oficina se convirtió en mi segundo hogar, lugar donde me sentía cómoda y donde encontré amistades que aún conservo hoy día. Son muchos los recuerdos y fotografías que conservo de ese tiempo. Son muchas las sonrisas y lágrimas compartidas, las cuales recuerdo con cariño y un dejo de nostalgia.

Me dolió mucho dejar la oficina cuando lo hice pero ya era tiempo de extender mis alas y volar a otros horizontes. Me había desencantado mucho del derecho ya que mis viajes al tribunal y el mismo trabajo me demostraron que el derecho, aunque hermoso en teoría, en la práctica es un ejercicio algo sucio, y más en un país donde pocos derechos se respetan y donde el que tiene más compra o vende la justicia a su conveniencia. No sé si las cosas han cambiado, cuando dejé a mi país las cosas habían mejorado un poco pero al parecer han empeorado y el país ha dado marcha hacia atrás en los últimos cinco o seis años. En fin, quise hacer algo diferente, quise vivir otras experiencias y como siempre quise volver a los Estados Unidos, específicamente Nueva York, donde nací, decidí que era tiempo.

Dejé mi casa para al fin ser independiente o por lo menos intentarlo. Mi experiencia en el bufete me permitió obtener un trabajo en una universidad de Nueva York, apenas dos o tres semanas después de llegar y poco después de lo acontecido con las torres gemelas el once de septiembre. Aún estoy en el mismo trabajo, cinco años después. Como todos mis trabajos anteriores, he aprendido mucho de éste, mucho más de lo que esperaba; sin embargo, ya me ha llegado la hora de nadar en nuevas aguas. No sé dónde terminaré, no sé realmente cuando podré dejarlo; lo que sí sé es que donde sea que vaya, me espera mucho por aprender y vivir.

En cada trabajo he tratado de dar lo mejor de mí, de absorber todo cuanto me rodea y de alguna manera dejar huellas, así como las que han ido dejando las personas que he conocido en mi largo caminar. Trabajo es trabajo, sí, pero es también parte de uno mismo, algo que nos ayuda no sólo a pagar las cuentas a final de mes sino a ser mejor, a darnos las armas necesarias para sobrevivir dentro de una sociedad. Cada experiencia es y será distinta, todo depende de cuánto sepamos utilizar esas largas horas de jornada, de cómo apreciemos las oportunidades que ellas a veces nos brindan.

Mañana es lunes… otra vez a lo mismo (pues claro que el tedio es también parte del trabajo).

sábado, 23 de septiembre de 2006

Coney Island


Mi prima Jackie, yo y mi mamá.
Ir a Coney Island es volver a mi niñez, es pensar en mi madre, en las reuniones familiares sobre la arena de la playa, entre gaviotas y un sol ardiente. Entonces no conocía las playas caribeñas y me bastaba las aguas frías y oscuras del atlántico. Nada superaba el tener una familia grande, todas residentes en Brooklyn, cerca para cualquier festividad o salida dominguera.

Recorriendo la arena con mi hermano no pude evitar pensar en las fotos que guarda mi madre, las cuales fueron tomadas en los ochenta, cuando mi cabello era amarillo y mis mejores amigas eran mis primas Jackie y Jenny, con quienes hoy hablo y veo poco. Entonces compartía una habitación con mi hermano y a mi madre la veía en las tardes, cuando llegaba de un largo día de trabajo en una fábrica de sombreros. Las pocas horas que compartíamos durante la semana era compensadas con los sábados y domingos en que todo su tiempo era dedicado a nosotros. Estaba muy chica como para recordar en que consistía cada fin de semana pero recuerdo eso, su compañía los fines de semana, los purés de papa para el almuerzo y las horas frente al televisor viendo la lucha libre con mi padre. Al final son esas pequeñas cosas que quedan, aquellos momentos en que uno siente más amor y es más feliz. Por tal motivo Coney Island es un lugar especial para mi. De todas las veces que visité su playa y parque, recuerdo la risa de mi tío y el abrazo de mi madre mientras montábamos unos de los juegos de Astroland Park. Aunque no recuerdo con exactitud mis visitas a Coney Island, el caminar el boardwalk, sentarme en la arena u observar el carrusel es sentirme en casa, es regresar a esa parte de mi que pertenence a ese condado que me vio nacer y donde aprendí mis primeras palabras, tanto en inglés como en español, es pensar en el sacrificio de mis padres por querer brindarnos un futuro mejor. Ver a los niños jugando en Astroland es verme a mi misma, años atrás cuando un parque de diversión era la gloria para quien se pasaba la mayor parte del año entre las paredes de un apartamento y su escuela.

Hoy día, el parque de Coney Island aún tiene la mayoría de los juegos y atracciones que existieron durante mi niñez; aún están las motocicletas y el carrusel de las fotos que guarda mi madre. El Cyclon y el Wonder Wheel están ahí desde los años veinte y constituyen parte de la historia de Brooklyn. El tiempo ha desteñido los colores de los juegos, las luces y letreros forman parte de una época pasada, nada parecido a los parques modernos y lujusos pero, ahí radica el encanto de Coney Island, un lugar que ha sobrevivido los cambios de la modernización y el capitalismo para permanecer algo intacto, detenido en la memoria de quienes crecieron junto a él y lo visitaron cada verano, considerándolo entonces como un pedacito de cielo.






Fotos tomadas por Joanne (salvo la primera, claro). Mas fotos de Coney Island en http://www.flickr.com/photos/barcarola/sets/72157594273896173/

Mi foto favorita de Coney Island

Hablando de Coney Island, he aqui mi foto favorita (si, soy yo):

martes, 18 de julio de 2006

Una noche de mayo

Suena la canción de Serrat "Sinceramente tuyo" y no puedo evitar trasladarme al Centro Español de Santiago, en donde una noche de mayo Joan Manuel Serrat estuvo de concierto. Esa noche me vestí de negro y emocionada manejé hasta el Centro. Iba sola pero eso no me molestaba o detenía. Cuando llegué, el lugar estaba practicamente lleno y me detuve frente a una de las entradas en busca de donde sentarme. De repente y sin esperarlo, frente a mi, estaba él con su sonrisa de siempre. Sorprendida, no supe qué decir. Tenía siete u ocho meses sin verlo y el destino me lo puso de frente, como muchas cosas en mi vida que se mantienen constantes, presentes sin estarlo, cerca cuando más lejos me lo imagino... Andas sola, preguntó? Le contesté que sí y el me ofreció una silla a su lado (el andaba con un amigo). Fue una noche mágica, como esas que se ven en las películas donde reinan las coincidencias, los inevitables encuentros y reencuentros con el pasado. Serrat cantaba y él me tomaba de la mano, a lo cual le seguía una sonrisa, una tímida mirada de mi parte. La noche siguió con una copa de vino y una conversación sobre mi futuro. Le contaba de mis deseos de ir a Nueva York y de las dudas que tenía al respecto mientras el me daba motivos por las cuales debía irme. Debes ser libre, me decía. "Ve por unos meses, un año. Date la oportunidad de aprender y vivir cosas nuevas". En ese momento no imaginaba el giro que daría mi vida en los meses siguientes. Luego cada quien tomó su carro y el me siguió para asegurarse de que llegara bien a casa. Prometimos volver a vernos, pero ambos sabíamos que al despedirnos las probabilidades de un encuentro serían pocas, si acaso posible. Sin embargo, poco importaba si volvíamos a vernos o no. A veces no hay que tener a las personas de frente para saberlas cerca del corazón; de eso estábamos seguros.

viernes, 30 de junio de 2006

Alejarme

No la esperaba. De todas las canciones que la radio pudo tocar, se le ocurrió poner una que grite tu nombre. Me confunde el ir y venir de las cosas que a ti pertenecen. Mientras más camino más me acerco, cuando lo que quiero es alejarme.

domingo, 4 de junio de 2006

Desde Santiago, RD

Al fin en casa. Domingo en la mañana, en pijamas, con lentes y el cabello hecho un desastre. El aire se siente húmedo, parece que va llover. Hoy iré a la casa en que vivieron mis abuelos. En esa casa viví poco más de dos meses cuando vine a vivir a este país. Nunca pude acostumbrarme a la vida del campo. Mis hermanos no se quejaban; ellos eran felices jugando con otros niños. Por mi parte yo no soportaba su monotonía y aislamiento; era como vivir en otra parte del mundo donde sólo se hablaba español y se vivía entre gallinas, guineas y mosquitos. Extrañaba mis amigos, la tele, la escuela. No soportaba el ir y venir de la energía eléctrica; los extraños que entraban y salían de casa o se quedaban a comer; los ruidos extraños que oía en las noches tras las paredes hechas de tablas y cubiertas por hojas de zinc; el bañarme con agua de lluvia; rezar todos las noches el avemaría junto a mi abuela y una señora que desde una emisora de radio anunciaba que eran las seis de la tarde, hora de comenzar. Nunca entendí ese afán de mi abuela por repetir una y otra vez, "Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo...", contando cada rezo con su rosario en mano. Hoy día me encantaría rezar una vez más con ella, no por que crea en ese tipo de cosas sino para compartir unos minutos con ella, tal vez arreglarle el pelo (como hacía en ocasiones) y preguntarme porqué ella vestía de morado y blanco. En fin, las costumbres de mis abuelos y su forma de vida fueron difíciles para mí, una niña de once años que había vivido toda su vida en Nueva York.

Ahora que lo pienso, es increíble como me acostumbré a esta isla. La llegué a amar tanto y aunque hoy día la sienta parte de mí y de quien soy, no puedo evitar sentirme una extranjera. Ayer, durante la graduación de mi hermanito (que por cierto me sorprendió al graduarse Cum Laude; estaba extática por ello) me sentía extraña, como que no pertenecía allí. La graduación tuvo lugar frente al edificio donde todos los sábados me encontraba con el grupo literario, un lugar que sentía mío por tantas sonrisas y alegrías compartidas allí; sin embargo, sentía como que lo había perdido todo, todo cuanto me ataba a esta cuidad. Sentí nostalgia y por un instante pensé en lo que hubiese sido mi vida si nunca hubiera dejado estas tierras. ¿Acaso sería más feliz? ¿Estaría casada? ¿Ejercería la abogacía? Viendo a los graduandos recibir sus diplomas me llevó al día en que yo también estaba como ellos, feliz de haber terminado la universidad, con una vida llena de posibilidades e incertidumbres frente a mí. Sentí ganas de llorar por que en ese entonces nunca imaginé que hoy, casi seis años después, me encontraría aún en el mismo lugar: tratando de encontrarme y descifrar mi destino. La diferencia es que ya no tengo 22 años ni tampoco los mismos sueños e ilusiones. En dos meses cumpliré 28 y me siento más perdida que nunca.

Pero bueno, como siempre, estoy divagando. Volviendo al campo de mis abuelos, esta tarde le haré una visita. Ya no es el mismo lugar de antes pero aún así quiero ir. Así me paso la tarde junto a mi familia.
Mañana creo que iré a la playa. Necesito tomar sol. Luego, a llamar a mis amigos y hacer planes para el resto de la semana. Cómo necesitaba unas vacaciones!

sábado, 13 de mayo de 2006

El café de mi madre

Se me terminó el café. Entonces busqué entre los gabeteros el café dominicano que me trajó Luisa. Este café me supo diferente; no es tan fuerte como el Bustelo a que estoy acostumbrada, pero si es parecido al cafe Santo Domingo que mi madre me preparaba cada mañana antes de ir a trabajar. Hoy día no desayuno ya que me falta tiempo y además, soy media haragana para esas cosas. Un simple café en la oficina me basta. Mi madre, en cambio, se levantaba temprano cada mañana a preparar el desayuno de mis hermanos y yo. Café con leche, tostada con queso o mantequilla y un vaso de jugo. Aparte de eso me dejaba listo el almuerzo que me llevaba para al oficina. Con lo fastidiosa y quisquillosa que soy en cuanto a la comida, no sé como mi madre tenía paciencia conmigo. Son pequeñas cosas como esas por las que adoro a mi madre. A veces no comprendo su dedicación, preocupación y empeño por nosotros. Ojalá algún día pueda ser una madre como ella; tener un poquito de su fortaleza y paciencia.

Pero no puedo dejar atrás a mi padre. Cuando me madre no estaba, mi padre igual se levantaba temprano a preparar mi café. Todavía hoy, cuando mi padre viene a visitarme, él trata de guardarme cena porque, según él, llego muy cansada de la oficina. No me prepara desayuno porque como siempre, ando tarde y le digo que no puedo, que no tengo tiempo.

Extraño a mis padres. A mi mamá no la veo desde mayo del año pasado; mi padre lo vi no hace tanto. Ya no veo la hora en que llegue a mi casa, en Santiago, donde mi mamá me esperará con un moro de guandules y chuleta. Ya no me bastan sus mensajes telefónicos donde me dice “Mi reina, ¿como estás? Hace días que no sé de ti” (esto lo dice cuando tengo dos días sin hablar con ella). Quiero sentirla cerca, quejarme de los mosquitos mientras ella se ríe de mi, tomarnos un café con nuez moscada (así le gusta a ella) después del almuerzo mientras ella y mi papa juegan a las cartas; tomarnos una cerveza en la galería de mi casa, en una de esas noches en que nos visitan los vecinos o mis padres simplemente tienen deseos de tomarse una “fría”.

lunes, 27 de marzo de 2006

Rocío

Acabo de enterarme de la muerte de Rocio Durcal. Murió ayer, sábado, a causa de cáncer. Tenía 61 años de edad.

Cómo admiraba la ternura y fragilidad de su voz. Con ella canté muchas rancheras en mi época de quinceañera cuando vivía las canciones de Juan Gabriel. "Tu eres la tristeza mis ojos, que lloran en silencio por tu amor. Me miro en el espejo y veo en mi rostro, el tiempo que he sufrido por tu adiós..." Me encantaba el dúo de Gabriel y la Durcal: "Déjame vivir, porque no me comprendes que tu y yo no, no, no tenemos ya mas nada que decirnos sólo adiós..." No puedo evitar el cantar sus canciones. Como me encanta la tristeza de "La gata bajo la lluvia"; es como para cortarse las venas. Ahora que la recuerdo sus canciones marchan una tras otra en mi mente, (jamás, me cansaré de ti, jamás te dejaré de amar, te amo tanto corazón y bien lo sabes tu mi amor...). Hay personas que forma parte de tu vida y que al recordarlos, logras trasladarte a lugares y momentos que, de no ser por ellos, quedarían enterrados en los confínes de la memoria. La voz de Rocío me lleva a mi habitación en Santiago: mi santuario, mi refugio, el único lugar que he celado en mi vida. Mi habitación vivía bajo llave, como si en él guardara algún tesoro que necesitaba estar lejos de ojos ajenos; bueno, en verdad las pocas cosas que poseía eran mis tesoros: mis diarios, mis cartas, mis muñecas, mi viejo radio con el que escuchaba la cinta de canciones de Rocío, la mayoría escritas por Juanga. Esa cinta pertenecía a mi papá; quizás fue grabada por él o algún amigo suyo cuando yo era niña. Esa cinta fue de las cosas que recogía del pasado de mis padres para luego quedarme con ellas. Con mi radio transcribía a un cuaderno amarillo cada canción; pause, play, pause, play... en eso me pasaba horas y horas. Así me aprendí sus baladas y rancheras. Cómo me gustaría volver a cantar tus canciones Rocío, cantarlas bajo la tranquilidad de una noche caribeña acompañada de la música de los grillos y cucuyos.

Gracias Rocío por tus canciones, por tu voz y alegría. Que descanses en paz.

sábado, 25 de marzo de 2006

Anakena

En estos días descubrí un vino exquisito. Andaba en búsqueda de una botella para la reunión con mis compañeros de clase y, como andaba de prisa, decidí comprar uno que ya conocía y que me gusta: Yellow Tail(Australiano, bueno y barato). Le pregunté a uno de los vendedores dónde se econtraba los shiraz y me dirigió a ello, no sin preguntar porqué compraba dicho vino.

“Lo probé una vez y me gustó”, le dije.
“Veo que andas preparada”, dijo mientras miró el sobre manila que había tomado de la oficina para poner en él los vasos plásticos.
“Si, voy a reunirme con un grupo de amigos”.
“Y porque no compras algo más interesante”.
“Como que?”
“Te gustan los vinos chilenos?”
“Me encantan los vinos chilenos!"

De repente recordé el Supermercado Nacional donde compraba los vinos en Santiago. Siempre me decidía por un vino chileno. Para comprar una botella de vino en Nueva York hay que ir a una licorería, un Wines and Spirits, como suelen llamarle. Siempre me pareció algo ridículo, ese afán por evitar que los menores de edad tengan alcance al alcohol. Quizás por eso es que esperan con tanta ansiedad el cumplir los veintiún años.

En Santiago el alcohol está al alcance de todos y nunca ha sido un problema (al menos eso me parece). Siempre he pensado que lo prohibido es lo que más se desea. Aqui los jóvenes lo consideran todo un evento el poder tomarse una cerveza o un vaso de whisky. Recuerdo un estudiante que trabajaba conmigo exagerando las andanzas con sus amigos y llenándose la boca al decir que se tomó cuatro o cinco cervezas.... por dios, qué ridículo decía dentro de mi. Pero asi es, en esta cuidad hay que tener edad para ciertas cosas y para otras, sin embargo, la edad no importa: el tener sexo, ser irrespetuoso con los padres, mudarse con amigos o extaños a temprana edad, ir a la guerra; para ello la edad no importa. Hay que dejar que sean libres e independientes, dejar que sus mentes absorban toda información posible, que encontruen su propia identidad, etc. En parte estoy de acuerdo con todo ello pero a veces me dejo llevar por esa parte de mi que es algo anticuada y que cree que todo debe tener sus límites, asi con el alcohol. Si dejaran a los jóvenes probar de vez en cuando un poco de alcohol, quizás se acostumbren a verlo como algo normal y no abusarían al momento de tener acceso a él. Y es que un poco de vino no hace daño. Mi madre siempre me dejó probar, en ocasiones especiales como navidad, un poco de vino tinto o ponche.

Despúes del repetino vuelo hacia el baúl de los recuerdos, me encontré frente al área de vinos chilenos de la tienda. El vendedor buscaba uno en específico: "Anakena", Merlot, Reserva, 2001. No lo conocía. No sé si es cierto eso que me dijo el vendedor: que a los americanos les gusta el vino con sabor a frutas (eso me dijo cuando le pregunté por el shiraz) pero tenía toda la razón al decir que este vino es exquisito. Lamenté el comprar una sóla botella. El pensar en él me hace agua la boca. Se los recomiendo.

domingo, 5 de febrero de 2006

Mulberry Street y un corte de pelo

Tomé el tren camino a Manhattan. Tenia una cita a las 1:00pm en un salón localizado en la calle Clinton, en el East Village. No lo conocía ni me había dado cuenta de lo lejos que estaba de la salida del tren. Estaba lloviendo. ¿A quién se le ocurre ponerse unas botas de tacón alto cuando está lloviendo y tiene tanto que caminar? Sólo a mi. Llegué al salón con los pies adoloridos por no verificar la dirección en el internet antes de salir. Pero recorrer la calle Houston fue interesante: muchos bares y cafés, el cine donde vi "Raising Victor Vargas" por primera vez y la calle donde vivia mi abuelo cuando era una niña. Claro, en ese tiempo la renta no era tan cara y esa parte de Manhattan no era tan comercial y popular como es ahora.

No sé porqué recuerdo con tanta claridad el apartamento donde vivían mis abuelos maternos en la calle Mulberry. El apartamento quedaba en un segundo piso y al entrar lo primero que se veía era el fregadero (de esos blancos de cerámica) ya que la entrada quedaba en la cocina, cuyas paredes estaban pintadas de azul claro (creo). Habían dos habitaciones, una a mano derecho de la cocina y la otra a mano derecha, justo al lado de la sala. Era un apartamento pequeño, como la mayoría de las viviendas en esta cuidad. Recuerdo unos unos mueblos color vino, de pana. (En la foto: el edicio del centro es donde vivian mis abuelos, en el 2do piso, a mano izquierda)

Frente al edificio está el Puck Building. Cuando niña, ese edificio era todo un misterio para mi. Siempre habían actividades en él pero, apesar de sus gigantescas ventanas, no lograba ver nada de su interior. En la misma acera del edificio donde vivía mi abuelo está un centro donde mi tio César (Felo) se casó y por alguna razón también tengo un vago recuerdo de esa boda. Algo que nunca se me olvida eran las fiestas italianas que se hacían (y que aún se celebran) en "Little Italy" (la pequeña Italia), en el barrio Italiano que quedaba a unas cuadras de mis abuelos. Recuerdo la multitud, la comida y las decoraciones rojas, verdes y blancas que prendian desde los postes y que de noche iluminaban las calles. Recuerdo una bodega hispana que habia en la esquina y donde comprábamos papitas y refrescos asi como un restaurante que tenia mi tio Manuel (cariñosamente "Papi", como le dice la gente) y que me parece quedaba a una cuadra. No sé cuando fue la última vez que visité ese apartamento. Mis abuelos regresaron a la República Dominicana mucho antes de yo ir a vivir allá. De seguro mi madre tiene muchos recuerdos de él.

Pero en fin, volviendo a la calle Houston y el salón, tardé mucho en llegar pero cuando alcancé el East Village me encontré con una parte de Manhattan que desconocía. Cada vez que encuentro algo nuevo en esta cuidad no puedo evitar el sorprenderme y sentirme emocionada; y es que, es asombroso la diversidad de esta pequeña isla, la excentricidad de mucha de su gente y de sus bares, tiendas, cafés y restaurantes. Me encontré con unos cuantos hispanos y hasta un restaurante Dominicano, llamado "El Cibaeño". Estaba tarde para mi cita y por eso no pude tomar fotos de todo cuanto llamó mi atención.

Llegué al fin a mi destino y terminé con un nuevo "look". A ver si se me pega algo bueno con el cambio.

En la foto: la Calle Houston con Lafayette vista desde la esquina de Mulberry.

miércoles, 2 de noviembre de 2005

De Silvio y Amigos

Estoy en la oficina y en el fondo, desde mi computador, de repente suena la canción de Silvio "Oleo de mujer con sombrero". Me detengo un instante y mi mirada se pierde. Me ha azotado la nostalgia y no puedo evitar una sonrisa. Esta canción siempre me acuerda a Junior Cruz, un amigo a quien estimo mucho y quien me introdujo a Silvio.

Me encantaba cuando Junior llevaba su guitarra a nuestras reuniones en Santiago; siempre le pedía que cantara dicha canción. Cuánto extraño esos sábados en que nos reuníamos ya fuese bajo un árbol, en un aula de clases, en la casa de un amigo para hablar de literatura, de la vida, compartir las penas y alegrías. Es de las cosas que más me hacía falta cuando vine a vivir a NY. Esos amigos nunca sabrán las alegrías que trajeron a mi vida así como lo mucho que aprendí de sus ideas, experiencias y críticas (a mis escritos). Ellos me ayudaron a madurar, crecer, a ser más abierta y tener confianza en mí misma y mis trabajos. Qué lindo es poder mirar el pasado y estar agradecido por las cosas que uno vive y las personas que forman parte de él.


PD: Por cierto, en cuanto a la canción de Silvio, me encanta el siguiente verso:

La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores,
ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar.

lunes, 8 de agosto de 2005

Papá Felix y yo

Fue inevitable no pensar en mi abuelo al escuchar anoche la noticia de la muerte del señor Peter Jennings. Jennings, el reportero del canal ABC por más de veinte años, murió debido a un cáncer en los pulmones. Mi abuelo tuvo el mismo destino. Ambos, ex-fumadores excesivos, fueron preso de una enfermedad que, al descubrirse, acabó con su vida tres meses después.

Puedo imaginarme el dolor y la sorpresa de la familia de un reportero que, hasta hace poco, aparentemente se encontraba en buen estado de salud. Recuerdo la última vez que vi a mi abuelo de pie. Fue un sábado en la mañana cuando, antes de irse al aeropuerto, pasó por mi casa a despedirse de mi familia. Viajaba a Nueva York a visitar a sus hijos. Hasta entonces, los únicos malestares que había tenido no pasaban de ser achaques comunes de la edad y alguna que otra gripe. Apenas llegó a los Estados Unidos cayó en cama debido a un terrible resfriado. Fue a parar en el hospital donde le informaron de su neumonía. Después de varios exámenes, los médicos nos confirmaron lo inesperado: mi abuelo tenía un cáncer avanzado en los pulmones y le quedaban tres meses de vida. Asi mismo fue.

Antes de mi abuelo, la única muerte cercana que habia presenciado o vivido fue la de su esposa, mi abuela materna. Nunca imaginé que la partida de mi abuelo me causaría tanto dolor, incluso, más que mi abuela quien siempre fue más cálida y cariñosa, tanto con su familia como con sus amigos cercanos. Mi abuelo era distante y de poco hablar. Algunos lo creían tan frío como sus ojos azules que solían perderse por horas en los periódicos que le llevábamos religiosamente cada domingo. Apenas nos saludaba con un pequeño abrazo y se sentaba en su mecedora, lejos de todos, a leer en silencio. A la hora de almorzar se paraba a buscar los guineos que había escondido en algún rincón de la casa el día anterior. Así demostraba él su cariño, con el casabe o las frutas que guardaba para sus nietos, lejos de la vista de cualquier visita que de repente se antojara de ello; y es que, en su casa las puertas siempre estuvieron abiertas y por lo tanto, su casa nunca estuvo sola.

Luego del almuerzo el terminaba de leer el periódico mientras tomaba el café que yo le había preparado. El café era lo que yo aportaba para almuerzo ya que había quien se encargaba de cocinar y lavar los platos. Mi abuelo era muy quisquilloso para sus cosas (quizás es a el que me parezco en mis manías) ya que sólo tomaba café en un jarro de aluminio –y Dios libre que algo le pasara a ese jarrito ya que debía ser el mismo- si no, rechazaba el café o se lo tomaba de mal gusto.

En la tarde, cuando el sol caribe bajaba un poco, yo iba al colmado (o pulpería como le decían en el campo) a comprar unos cacaítos (chocolates dominicanos envueltos en papel de distintos colores). Nunca se me olvidaba comprarlos y, aunque mi abuelo nunca dijo nada y tampoco los pedía, siempre procuré regalárselos porque sabía cuánto le gustaban. El los escondía en el bolsillo de su camisa para comérselo más tarde, lejos de la vista de todos. Sólo lo compartía con algún niño pequeño de su agrado; y es que le encantaba jugar con los niños y hacerle maldades.

Una tarde, despues de pasarse casi tres meses en cama, el se sentó y pudo hablar con quienes estaban presentes en su habitación (entre ellos, yo). No hablé con él, sólo lo miraba y quizás por eso no recuerde quienes estuvieron presentes en ese momento. En ese entonces el estaba comiendo muy poco puesto que su cáncer no le permitía tragar mucho. Quería darle el chocolate que traía en la mano y sin importar que me lo prohibieran, se lo puse en la mano. Para la sorpresa de todos, al verlos, él inmediatamente le quitó la envoltura y se lo comió. Nadie sabe la satisfacción que fue para mi el que mi abuelo se comiera ese chocolate. Al igual que él, yo no era muy afectuosa y me costaba mucho el mostrar mis sentimientos.

Al cabo de unos días, mi abuelo jamás volvio a hablar o pararse de la cama. Todos esperábamos lo inevitable. No sé si nos escuchaba o nos veía. Sufría mucho, lo sé. Mi madre y sus hermanas se turnaban para dormir con él. A mi también me tocó una noche. Recuerdo que dormí a sus pies, si es que acaso dormí. Su cuerpo ya no se parecía al de mi abuelo; envejeció seguido, al igual que su rostro donde los huesos se habían pronunciado y las pupilas se habían dormido.

De su muerte sólo recuerdo un grito. Un grito repentino que interrumpió la conversación de aquellos que estabamos en la terraza. Quise ir donde él pero habían cerrado la puerta de su habitación. Cuando al fin lo vi, ya tenía puesta su camisa blanca y pantalones negros. Su rostro exaltaba tranquilidad y sus manos... sus manos estaban frías, ajenas a todo recuerdo que de él tenía. Por mucho tiempo las tuve entre las mías, como queriendo decirle, a través de ellas, todo aquello que quedó sin decirse.

Creo que en vida nunca lo tomé de las manos. Nunca le dije cuánto lo amaba. Nunca le conté de mis cosas. Nunca le pregunté de las suyas. Nuestra relación era silenciosa pero siempre sentí que entre nosotros había algún entendimiento, algún secreto que guardabamos de los demás. Quizás fue placer del silencio y la soledad; o talvez algo tan simple como el amor por el chocolate.


Nota: En la foto, mi abuelo, primito y yo (yo tenía algunos 14 años, mas o menos).

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Mis respetos a la familia Jennings.

jueves, 28 de julio de 2005

Reminiscencia


Mi hermano, mi mamá y yo; Mi padre y yo.

Habrá mejor manera de retener un recuerdo que aquel momento detenido en una fotografia?

Pensaba en esa pregunta esta mañana mientras escuchaba a Amala contarme de la tristeza de su abuela debido a las lluvias torrenciales, o al Monsoon (monzón) que es parte de la tradición y vida en la India. Sucede que su abuela perdió practicamente todo. La casa que había sido construida por su abuelo (él murió en 1987) quedó inhundada bajo cinco pies de agua. Afortunadamente los vecinos, sabiendo que la señora vive sola, fueron a rescatarla y la llevaron a dormir en su casa. La cama de la abuela de Amala flotaba junto a las demás piezas de la casa. Las puertas de madera, hechas por su esposo, quedaron inservibles y al igual que los muebles. Al día siguiente la señora regresó a su casa en compañia de una de sus hijas. Todo estaba destruido. Lo primero que ella quiso salver (o lo primero en que pensó) fue su acta de matrimonio. Aún siendo viuda, ese papel la unía a su esposo, era recuerdo de inicio de su vida juntos. Lamentablemente no encontró el documento y, entre sollozos y con la promesa de volver por parte de su hija, la señora se marchó. Mas, no se marchó sola. En su mano llevaba una foto de su esposo que al parecer había sobrevivido el desastre.

Soy de las personas que nacieron para vivir de recuerdos, para querer retener cada momento, sea con mi cámera o un diario. No tengo fotos de mi tiempo en el bachillerato ya que no tenía cámara y tampoco con qué comprarla. Fue una de las etapas más bonitas de mi vida y me siento feliz de haber plasmado parte de ella en mis diarios. Hoy día trato de retratar cada momento que me provoca una sonrisa, casa reunión con mis amigos y familia. Y es que me encanta mirar hacia atrás, reirme al ver una foto y recordar alguna locura, alguna conversación que, aún silente en una imagen, queda guardada en ese instante estático y eterno.

Ese amor u obstinación con el pasado es lo que me hizo traer de Santiago las fotos de mi infancia. Mi mamá me regaló el albúm porque sabía lo mucho que esas fotos significan para mi y el cuidado que con ellas tendria. Mirando las fotos, realmente no puedo hacer conexión con recuerdo alguno ya que estaba muy pequeña; sin embargo, me traen tranquildad, felicidad de saber que tuve una niñez llena de amor y alegria. En ellas veo el amor de mi mamá, la ñoñeria de mi papá conmigo, la unión de la familia de mi madre y lo poco que ha cambiado el matrimonio de mis padres. Habrán cambiado su forma de vestir y su peinado, pero el amor entre ambos sigue igual, quizás más fuerte.

Comprendo el dolor de la abuela de Amala. No sé qué haria si perdería mis fotos, mis libros, mi música, mis cartas y mis diarios. En ellos está Joanne. En esas cosas materiales, tangibles y quizás de poca importancia para muchos, está mi presente, mi pasado y, ¿por qué no?, mi futuro. Ellos me acompañan y son un constante de la persona que soy y que no debo cambiar. Ellos reflejan mis sonrisas y tristezas, mis días de lluvia y de sol.

sábado, 14 de mayo de 2005

Recordando los 80'

Hoy escuchaba en la radio las mejores 100 canciones de los años 80. Reconocí muchas de las canciones y el escucharlas me llevó a recuerdos de mi niñez. Sonreí al escuchar “Beat it”, de Michael Jackson; “Straight up”, de Paula Abdul; "Rythm's going to get you", de Miami Sound Machine; entre otras canciones de Madonna, Culture Club, Debbie Gibson, Lisa Lisa, etc. Durante los 80’ vivía en Nueva York y no fue hasta finales de 1989 que mis padres decidieron trasladarse a República Dominicana. Esta tarde me preguntaba qué hubiese sido de mi vida de no haberme ido a Santiago.

Seguramente no hubiese estudiando derecho y hubiese optado por educación o las artes. No hubiese aprendido a bailar merengue, o quizás lo hubiese aprendido a más temprana edad (mi timidez no me permitió aprender hasta los 18 años, mas o menos). Mi inglés seria perfecto y mi español terrible. Quizás estuviese casada, con hijos; talvez viviría en otro pais. Quizás no seria amante del mar, de los atardeceres que me regaló el caribe. No tendría los buenos amigos que tengo hoy día y mis valores puede que serian totalmente distintos. Es tan extraño las vueltas que toman nuestras vidas. Una simple decisión puede cambiar nuestro destino para siempre. Un solo paso puede abrirnos o cerrarnos puertas asi como regalarnos o quitarnos alegrías y tristezas.

El vivir en dos paises, el ser parte de dos mundos, trajo para mi muchas consequencias. Nunca se me olvida la frase de Alberto Fuguet: “No se puede tener todo en la vida y la gente que tiene dos paises, dos idiomas, termina teniendo menos que el resto” (Las peliculas de mi vida). Siempre sentí que debia esforzarme más que los demás y por más que trataba, siempre terminaba “teniendo menos”. Al mudarme a la República Dominicana tuve que aprender el idioma español y olvidarme de las programaciones en inglés. Tuve que aprenderme el himno nacional Dominicano, acostumbrarme a los apagones y a un nuevo horario de escuela. Todo era distinto y mientras los demás jóvenes de mi edad crecian y aprendian cosas nuevas, yo debia ponerme al dia con los acontecimientos de los últimos once años (para estar a la par con los demás) y aprender las cosas nuevas propias de mi edad y situación. No sabía quien era Balaguer (el entonces presidente) ni los personajes de los muñequitos que veian mis amigos. Tuve que acostumbrarme a las navidades con pocos regalos y a los días de “Thanksgiving” que quedaron sin celebrar.

Me costó mucho acostumbrarme a Santiago. Creo que el cambio fue más dificil para mi que para los demás miembros de mi familia. Nunca quise dejar a Nueva York. Pero al cabo de dos años y muchas lágrimas, terminé aceptando mi realidad y comenzé a hacer amigos y a reirme del viene y va de la energia eléctrica. Al cabo de trece años me sentía Santiaguera y era parte de la historia de mi cuidad. Ya conocía mi cultura “a cabo y rabo” como dicen por allá. Ya sabía bailar merengue, me sabía los refranes y canciones populares. Ya dominaba el idioma a la perfección y hasta me habia dado por escribir poemas en español.

Entonces tomé una decision que nuevamente me puso en la posición de extranjera: decidí volver a Nueva York. Ahora me encuentro dividida entre dos tierras, dos idiomas, dos culturas. El español se me va olvidando y apenas estoy retomando el inglés. Hoy día se me escapan las palabras cuando trato de escribir en español, idioma que pasó de ser mi segunda lengua a mi primera. Nuevamente tengo que esforzarme en aprender la historia de este pais, aprender que sucedió durante mi ausencia. Debo informe de las películas que nunca vi, las canciones que nunca escuché, la costumbres ‘modernas’ que nunca llegaron a cambiar las tradiciones de mi pueblo (por lo menos no mientras estuve allá porque según me dicen, las cosas han cambiado mucho) y acostumbrarme a un idioma que hoy día me sabe amargo.

Ya no escucho la radio (en Santiago la escuchaba todos los días). Las emisoras en inglés se la pasan tocando un hip-hop que no soporto y las que son en español no se deciden por las baladas, merengues o ‘reggaeton’. Nuevamente siento que no pertenezco pero al mismo tiempo siento que este es mi lugar. Quizás es que uno no pertenece a ningún lugar especifico. Quizás si nunca hubiese ido a Santiago no conoceria a Silvio Rodríguez o Mercedes Sosa y sería aficionada de artistas como Usher y Snoop Doggy Dog. Quien sabe, talvez hasta bailaría y cantaría bachata, como los dominicanos que han vivido toda su vida en Nueva York.

Es dificil predecir el rumbo que tomarán nuestras vidas y mucho más dificil aún, saber cual de nuestras deciones fue la mejor. No sé dónde esté mañana; talvez regrese a Santiago o decida permanecer en Estados Unidos. Mientras tanto, seguiré añorando la música de los 80’ que tanto me gusta, seguiré escuchando a Silvio y recordando los buenos momentos que pasé en Santiago. Dejaré que mis pies me lleven hacia dónde quieran llevarme y que el destino haga conmigo como quiera.

miércoles, 15 de septiembre de 2004

2 lost souls swimming in a fish bowl...

We're just two lost souls swimming in a fish bowl", you said. Just as I had imagined, the phrase belongs to the lyrics of a song. How could I have known? How can I not have guessed when I know you so well? It had to be a rock song: Pink Floyd. Never have you described us as well as you did that day when, once again, we were walking on a familiar road. What is it about us that keeps us together? What is it about us that keeps us apart? What is it about this endless road? Will we ever find reach the end... together? The path is dark, I see no horizon, I'm walking in circles.